Cultura: Iggys en la sala Costello
Una noche de sábado, tras una velada de viernes de las que dejan huella por espacio de un día, pocos planes hay mejores que acercarse a una pequeña sala de Madrid, de esas con ladrillo visto y luces bajas, a hacer piña alrededor de Igor, el amigo de los lobos.
Ese fue el plan para el pasado día 25, cuando se prometía en la céntrica sala Costello un recital acústico y en solitario, aderezado con sus habituales dotes de showman – “sí, son diez euros, pero ya sabes que yo te lo voy a dar todo”.
Y así se condimentaba la previa a un concierto del que poco, o muy poco, sabíamos: nunca habíamos escuchado a Igor solo, ni suponíamos qué podía sacarse de la manga, y nos resultaba doloroso pagar 10 ecus así a lo loco…
Pero allí estábamos, en primera fila, esperando a que, efectivamente, saliera a darlo todo. Y no fue menos. Asomó el hocico con un par de botellas verdes en la mano y un gran vaso, que posó, junto con una cerveza, encima de una mesilla al fondo del escenario. Luego se colgó la Gretsch acústica, sufrió afinando durante un rato – una constante que se repetiría todo el concierto: “estas guitarras no están hechas pa paisanos, no aguantan dos hostias” – y arrancó fuerte.
Empezó con un par de versiones, para luego lanzarse con temas propios y seguir alternando canciones suyas con ajenas. El primer bloque sirvió como muestra válida de lo que es Igor en acústico: caña, rock, pinceladas de pop y espectáculo. Pero lo que tienen los acústicos – y más en solitario – es que entrañan una gran dificultad cuando llegas a la barrera de los siete temas: ¿hay tanto que hacer con seis cuerdas y tu voz?
La respuesta es sí. Igor se pensó un setlist que se moviera entre las baladas poperas sobre luna y vino y el jugueteo con el country, pasando por algo de rockabilly camuflado y la mala vida sin camuflar – “Automedicación”, himno de masas -, pero siempre en línea recta y procurando que cada pieza encajara, que nada se saliera de su sitio.
Y mientras, se iba escanciando culinos de aquellas enigmáticas botellas verdes, que resultaron ser sidra. Luego se le fue subiendo, se vino arriba, resbaló y se cayó, pero se rió, se disculpó y atacó otra canción.
Sorprendía ver a Igor, que salió inmaculadamente vestido, ir despeinándose y desarreglándose a medida que lanzaba temas, pero sin perder un ápice de poder – otra cosa no, pero energías no le faltan al chaval – ni de tino musical. La compostura, lo justo.
Y es que los grandes, es lo que tienen: les das dos botellas de sidra y una guitarra desafinada, y te montan la de dios.

Esas ultimas lineas que fueron escritas. . . Crees que le funcionaria al Roquer?
Bueno, vamos pa’ya, buenísimo el reportaje, es como si hubiese estado ahí mismo con todas las comparaciones visuales que nos dais.
Y la verdad que después de este articulo, claro que me hubiese gustado haber estado ahí, la verdad que suena muy muy Roquer el Igor este.
Un saludin, Lobinos míos.