Historias del Alsa: The horror bus
Marina nos escribe para contarnos una de sus peores experiencias abordo de un Alsa. Alcohol, sangre, excesos, autopistas cortadas, carreteras perdidas, Oviedo, madrugones, ir a clase… Una espiral de caos y terror que gracias a dios tuvo un final feliz. Chan chaaaaaaaaaaan….
Como cada día durante el curso escolar, me dirigía yo a la estación de autobuses de Gijón para emprender mi viaje a Oviedo, ciudad a la que numerosos gijoneses acuden diariamente por motivos de estudios o de trabajo. Yo acudo por motivos de estudios. Salí de casa alrededor de las 8.00 de la mañana para ir dando un paseo a la estación y coger el autobús de a las 8.30 en punto. De este modo, me da tiempo a fumar un cigarrillo mientras estoy en la cola, y otro ya en Oviedo, antes de entrar en clase. Este último, junto con el café con leche en la cafetería Titanic, es imprescindible en mi día a día durante el curso. Es algo que llevo haciendo siempre en estos cuatro años de carrera.
No, Marina no es la guaja del fondo
Sobre las 8.25 la gente empezó a subir en el autobús. Apuro el cigarrín y me pongo a buscar un sitio libre que esté situado lo más cerca de la puerta. Consigo sentarme en el asiento justo en frente de las escaleras. Es entonces cuando me pongo cómoda y me enchufo al iPod. Ese día no viajaba demasiada gente, y aún quedando bastantes asientos libres, un misterioso hombre se sentó a mi lado. No recuerdo su físico exactamente pero sé que era viejuno, llevaba una gabardina marrón y una boina en la cabeza. Despedía un hedor desagradable a alcohol, pero no a alcohol de haber salido un día de fiesta. Parecía que aquel hombre llevaba saliendo de folixa una semana entera, sin haber pasado por casa ningún día a darse una miserable ducha. Nada más arrancar el autobús, el hombre se durmió. No bastaba con que tuviera que soportar su tufo, sino que para colmo se movía al compás de los movimientos del autobús, llegando incluso a apoyarse sobre mí. Además, probablemente debido a un accidente, el conductor no pudo hacer el recorrido de siempre, sino que se vio obligado a coger la llamada “carretera vieja”, que está mucho más a desmano y se tarda más en llegar. Pensé que nunca lo llegaría a decir, pero me moría de ganas de llegar a la capital.
Fue entonces, a la altura de Lugones más o menos, cuando el hombre se desplomó del asiento, dándose la gran ostia contra las escaleras. Empezó a sangrar por la nariz dejándolo todo hecho un Cristo, mientras se llevaba la mano a la frente. Varias personas se levantaron para ayudarle (era incapaz de levantarse por sí mismo) y empezaron a pedir al conductor que parara el autobús. Allí estaba yo: a 1ª hora de la mañana de un viernes en el Alsa dirección a Vetusta, parada en el arcén de la autopista por culpa de un snaker borracho. Decidí dejar de contemplar la escena y cambiarme de asiento. Me dirigí a la parte de atrás donde todo el mundo, ajenos a lo que había pasado, estaba protestando y preguntándose porque estábamos parados. En ese momento me encuentro a una conocida mía (una de esas personas habituales de la noche gijonesa), me siento con ella y le cuento lo sucedido. Acto seguido se pone a vocear en medio del autobús: – ¡Caro, desayunamos con orujo y esto ye lo que pasa! -.
Reanudamos la marcha y al momento ya estaba en mi parada. Había llegado tarde. Aquel día no tuve tiempo a fumarme un cigarrillo ni a tomarme el café con leche antes de ir a clase.
Marina a.k.a The Nookie


DEMENCIAL!!!
Es indignante que por culpa de una PERSONA que se abre la cabeza probablemente porque no la ayudaste te hayas quedado sin fumar tu cigarrillo. Haces bien en contarlo, alguien debe de tomar medidas. Y menudo cabrón la victima del accidente que hizo desviarse el autobús… Parece que la gente sufre sólo para impedirte fumar antes de entrar a clase. !qué nos dejen en paz a los fumadores!
Es toda una lección de poca solidaridad. Y sobre todo poca comprensión en prácticamente cada detalle de la aventura.